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Sabiduría(Sab) 19 capítulos.1| 2| 3| 4| 5| 6| 7| 8| 9| 10| 11| 12| 13| 14| 15| 16| 17| 18| 19|
Sabiduría, capítulo 18
[1]Pero tus santos tenían una luz magnífica; los otros, que oían sus voces sin ver su figura, los felicitaban por no haber padecido como ellos;[2]les daban las gracias porque no se desquitaban de los malos tratos recibidos y les pedían por favor que se marcharan.[3]Entonces les proporcionaste una columna de fuego que los guiara en el viaje desconocido y un sol inofensivo, para sus andanzas gloriosas.[4]Los otros merecían quedarse sin luz, prisioneros de las tinieblas, por haber tenido recluidos a tus hijos, que iban a transmitir al mundo la luz incorruptible de tu ley.[5]Cuando decidieron matar a los niños de los santos --y se salvó uno sólo, expósito--, en castigo les arrebataste sus hijos en masa, y los eliminaste a todos juntos en las aguas enfurecidas.[6]Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres para que tuvieran ánimo, al saber con certeza la promesa de que se fiaban.[7]Tu pueblo esperaba ya la salvación de los justos y la perdición de los enemigos,[8]pues con una misma acción castigabas a los adversarios y nos honrabas llamándonos a ti.[9]Los piadosos, herederos de las bendiciones, ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes, y empezaron a entonar los himnos tradicionales.[10]Hacían eco los gritos destemplados de los enemigos, y cundía el clamor quejumbroso del duelo por sus hijos;[11]idéntico castigo sufrían el esclavo y el amo, el plebeyo y el rey padecían lo mismo;[12]todos sin distinción tenían muertos innumerables, víctimas de la misma muerte; los vivos no daban abasto para enterrarlos, porque en un momento pereció lo mejor de su raza.[13]Aunque la magia los había hecho desconfiar de todo, ante la muerte de sus primogénitos confesaron que el pueblo aquel era hijo de Dios.[14]Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera,[15]tu palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real de los cielos, como un paladín inexorable, al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante;[16]se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo.[17]Entonces, de repente, los sobresaltaron terribles pesadillas, los asaltaron temores imprevistos;[18]tirados, medio muertos, cada uno por su lado, manifestaban la causa de su muerte;[19]pues sus sueños turbulentos los habían prevenido, para que no perecieran sin conocer el motivo de su desgracia.[20]También a los justos les alcanzó la prueba de la muerte y en el desierto tuvo lugar una gran matanza, pero no duró mucho la ira;[21]porque un varón intachable se lanzó en su defensa, manejando las armas de su ministerio: la oración y el incienso expiatorio; hizo frente a la cólera y puso fin a la catástrofe, demostrando ser ministro tuyo;[22]venció la indignación no a fuerza de músculos ni esgrimiendo las armas, sino que rindió al verdugo con la palabra, recordándole los pactos y promesas hechos a los padres.[23]Cuando se hacinaban los cadáveres, unos encima de otros, se plantó en medio y atajó el golpe, cortándole el paso hacia los que aún vivían.[24]Pues en su ropa talar estaba el mundo entero, y los nombres ilustres de los patriarcas en la cuádruple hilera de piedras talladas, y tu majestad en la diadema de su cabeza.[25]Ante esto, el exterminador retrocedió atemorizado; una sola prueba de tu ira bastaba.
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©Jesuitas. Provincia de Castilla. web@pastoralsj.org miércoles, 08 de septiembre de 2010