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  Pintando con chapapote.
Por Benigno Álvarez Lago. s.j.
Sentado ante las dunas de Corrubedo (A Coruña) el pasado diciembre, mirando cómo el mar iba y venía, una doble imagen llenaba mis ojos, una era la lejana y otra la que tenía a mis pies.

Levantando la vista a lo lejos seguía contemplando aquella maravilla que es la costa gallega, los montes suaves y pequeños, las aldeas marineras salpicadas por todos lados, el mar azul, aunque un poco más oscuro, que iba y venía con su fuerza a chocar contra las rocas levantando esa espuma blanca, las dunas al fondo con sus arenas relucientes... una gran multiplicidad de colores llenaba mi retina, ayudada por el precioso sol que tuvimos la suerte de que nos acompañase en esos días de diciembre y que le daba a todo un colorido aún más especial. Tampoco faltaron esas gotas de lluvia que hacen que el verde sea el color de esa tierra.

Miraba a mis pies, y el negro, a mis manos, y negro, a mis ropas y manchas de negro las oscurecían, los capachos negros, la arena negra ... Y entonces pensaba que aquello tenía que ser obra de dos pintores distintos. Uno tenía en sus manos una paleta llena de colores, de todos los colores imaginables, y aún más, ese había pintado ese paisaje (aquel que veía al levantar mi mirada) con detalle, no había dejado caer gotas de pintura fuera de su lugar,
   
El negro se le había caído por todos sitios, todo lo embadurnó...

todo tenía su espacio, todo en aquella naturaleza tenía su sitio, todo estaba lleno de vida. El pez grande se comía al pez chico no solo para vivir sino también para mantener el equilibrio; el más pequeño de los seres vivos que podía ver tenía su función en aquel paisaje. No podía desaparecer porque ¿quién hubiera podido hacer en su lugar ese trabajo?; a ese pintor le gustaba la variedad porque cuántos colores diferentes, cuántos organismos distintos podía uno contemplar ...

Miraba a mis pies, y el negro, a mis manos, y negro, a mis ropas y manchas de negro....
El otro pintor (aquel que hizo la obra a mis pies) era un chapucero, el negro se le había caído por todos los sitios, todo lo había embadurnado,
    tras acabar su trabajo no limpió los pinceles, ¿pinceles?, no. Probablemente pintó vaciando potes de pintura negra tirados al aire, cayesen donde cayesen.
Aquel pintor de brocha fina, un día contento de su obra, confió su paleta llena de múltiples colores al chapucero de los potes para que continuase pintando su obra primera, y el chapapoteiro al principio lo hizo con cuidado, pero con el tiempo fue olvidando que el negro lo mancha todo, lo mata todo, y olvidó que podía utilizar otros colores.
Pero la semilla del artista sigue dentro de los hombres, porque aquellas costas se llenaron enseguida de blanco, de una marea blanca, que quiso enseguida ayudar a desaparecer el negro para que los colores recobrasen su viveza, que quiso gritar que los chapapoteiros son pocos, son descuidados y que se puede contra ellos.

el color es sinónimo de vida, cuando van desapareciendo, la muerte de la naturaleza se va acercando...
Y Dios sigue asombrándose con nosotros: "Con la cantidad de colores que os he dado, ¿por qué no los cuidáis?". El color es sinónimo de vida, cuando va desapareciendo, la muerte de la naturaleza se va acercando. Y la naturaleza es sin duda nuestra madre. Ella nos dio y nos da la vida.
©Jesuitas. Provincia de Castilla. web@pastoralsj.org martes, 02 de diciembre de 2008