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  Desde la Selva.
Por Severino Lázaro, sj..
Comentario tras 15 días entre las comunidades negras e indígenas de la selva chocoana en Colombia.

El Chocó es una región con 46.000 km2 y 546.000 habitantes, al sur de la costa occidental de Colombia, que teniendo unas reservas incalculables de minerales preciosos, petróleo y productos naturales (pesca, plátano, madera...) vive en la más absoluta de las pobrezas, siendo la zona más pobre de Colombia y de toda Latinoamérica.

La población es en su mayor parte negra, con una importante reserva, también, de tribus indígenas, wounanas y emberas. Los primeros llegaron en la época de la colonia, procedentes de la costa occidental de Africa, como mano de obra esclava para explotar las minas de oro y otros materiales preciosos que por allí abundan. Han pasado cuatro siglos de aquello, pero su situación de miseria y abandono no ha disminuido y se ha complicado si cabe, aún más, en estos últimos años.

Al desafío de un clima y unas condiciones adversas, como son las de la selva, desde 1996 se ha unido la presencia de los distintos grupos guerrilleros que desde hace 50 años pelean en este país y la de grandes multinacionales y el narcotráfico.
    La suerte de las comunidades nativas en este nuevo escenario es contradictoria. Si bien, se les ha reconocido la propiedad de las tierras que llevan cuidando durante cientos de años; por otro, esta misma titularidad les está convirtiendo en blanco de toda clase de abusos (de autoridad, desapariciones, desplazamientos forzados, saqueos, toma de rehenes...) por parte de esos nuevos actores de la zona, que ven en ellos el principal obstáculo a batir para sus intereses económicos y comerciales.

Allí tuve la ocasión de pasar los quince días más felices de mi vida.

Pero nada detiene el afán de lucha y de supervivencia de estas comunidades. En mi recorrido, durante los 15 días por los poblados de 200 o 300 personas, que se levantaban en las orillas de los ríos Ijua y Docampadó, fui dejándome empapar de todos los valores que estas gentes conservan y siguen ofreciendo, como sólo ellos saben, a todo el que los visita: el amor que sienten por la selva, cuasi sagrado, sabedores de que ésta siempre les dará lo necesario si la respetan y cuidan en su proceso de reproducción;
   
su delicadeza en la acogida, que les lleva a dejar todo lo que tengan que hacer por trasladarte a la siguiente comunidad...
Su sentido del silencio, la escuela en la que aprenden a diferenciar el variado discurrir de las aguas del río, los múltiples sonidos animales, las diversas tonalidades de las nubes en el cielo y los distintos gestos o expresiones del rostro de su prójimo; su delicadeza en la acogida, que les lleva a dejar todo lo que tengan que hacer por trasladarte a la siguiente comunidad, a dormir en el suelo por ofrecerte un colchón de paja, a pedir prestado un huevo al vecino para echártelo en la ración de arroz, y a decirte en la despedida: "...padre, disculpe que no le hayamos podido ofrecer algo más, pero es que no lo tenemos...".

Aun sintiendo y sufriendo con ellos su escasez de recursos, puedo confesaros que uno salía de allí confundido. ¡Qué ciego callejón sin salida éste que transitamos los "ricos", si la prisa, la eficacia y la abundancia nos ocultan lo importante de la vida y la enfermiza preocupación por "lo nuestro" no nos deja espacio para ser prójimo y memoria viva de las víctimas que ocasiona la barbarie de nuestro propio egoísmo!
©Jesuitas. Provincia de Castilla. web@pastoralsj.org martes, 02 de diciembre de 2008